Un policía a caballo junto a manifestantes en Jerusalén.AFP
A la defensa de los pilares democráticos de un país fuertemente cohesionado por el patrotismo se han unido amplios sectores de la sociedad civil. Pero la quiebra más simbólica ha tenido lugar en el ejército, una institución sagrada en la arquitectura del Estado y cuyos reservistas han protagonizado una rebelión en defensa del Supremo, considerado un contrapeso histórico del poder político.
La respuesta del premier Benjamin Netanyahu -matar al mensajero al destituir al ministro de Defensa que pidió la retirada de la iniciativa por riesgo para la seguridad nacional- es un error que profundizará la polarización de una sociedad ya de por sí muy dividida.
También es un aviso a navegantes contra las tentaciones iliberales de democracias consolidadas como la española, que acabó el año al borde de una crisis constitucional derivada del intento del Gobierno por controlar el poder judicial de consecuencias impredecibles.
Israel no puede permitirse perder la autoridad moral de ser la única democracia plena y auténtica de Oriente Medio.




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